Ediciones Tramar

APARTES DE RELATOS POETICOS   

Y TRAZOS DE CIUDAD

RELATO DE LA MERETRIZ LONGEVA

 

Esta tarde voy

a ser la mocetona del deseo.

Seré dichosa resbalando por los fustes de mis desvelos.

Voy a cubrir mi cuerpo

con un monólogo de manos,

abandonadas al azar

y entregadas al rito láudano de la libidinez.

Por mis sábanas pasaron exhaustos y aterrados

cuerpos que mueren en el secreto de las madrugadas

dejando sin lumbre el eros del arrabal.

En la piel de los burdeles

se halla mi horizontal linaje

de misántropos, ilotas y parricidas.

Cada noche el aleteo del silencio

me sorprende deshojando el rostro del ultraje

a quien ofrezco mi baratija de caricias

y mi sonrisa vertical.

 

BREVE RELATO DE LOS DUELISTAS DEL TIEMPO

 

Ni el choque inútil de las panoplias

ni el eco confundido de las alabardas

ni las descargas del arcabuz

lograrán eternizar nuestra hidalguía.

El olvido, guerrero sin rostro,

nos vencerá por siempre.

 

TRAZOS DE CIUDAD (Fragmento)

 

Camino por mi ciudad. Junto su piel dispersa. Persigo la soledad de los metros, el vacío de las dos de la mañana, las botellas vacías, las fuentes sordas. La detenida tarde del verano, el olor a frito de las cocinas. Vengo con una ciudad encima. Abrazo la mirada de una mujer casual. Me precipito por vitrinas y vidrieras, me busco en el anverso los días. Desato los nudos de mis pies. Agito la piel de las esquinas. Habito la carne de los semáforos. Corto la pupila de las frutas callejeras. Un olor a forcha se desplaza por la espalda de los buses urbanos. En el Bar el Destapado entró Paulita, la triste. Sentada en una mesa desató los hilos de su triste historia de amor. Me contó de la soledad de sus orgasmos, de la luz de los cafetales en invierno, mientras secaba sus pechos usados. De sus amantes casuales y sus escupitazos precoces. Anudó sus lágrimas en mis ojos y mostró las huellas del tiempo:Sus manos agrietadas, su cabello que ya no agita el viento, su espalda de café bebido. Su voz trajo un olor a nostalgia, de viajes perdidos, de promesas paisas, de vestidos sin tiempo, de zapatos sordos, de caminar por calles de tercera, de barrio del sur. Aquella tarde me ofreció su cuerpo como bendición y terminó abrazada a un borracho casual, que se cruzó por aquella esquina de mi ciudad. Y entro a otra ciudad, la misma, pero con su boca de noche. Avenida arriba, buscando el parche del ron y del puñal. Los Pirobos desafiaban el beso del borracho con sus cuerpos de infancia violada. Los Jíbaros vendían una felicidad trágica a los torcidos de la vida y el amor. En la misma acera morían apuñalados Rafa y Horqueto ;