Ediciones Tramar

Un cuento de:

CUENTOS INFANTILES SÓLO PARA NIÑOS HOMICIDAS

(segunda parte)

Cuaderno cuento No.4, autores quindianos

CUENTOS INFANTILES SÓLO PARA NIÑOS HOMICIDAS (segunda parte)

LOS ORIGINALES

 

Como todos saben (Tú también), aunque se hagan los locos, en los extramuros de algún ampuloso reino, habitan los ñeros. Poderosos magos de la supervivencia, grandes anarcos del amor occidental.

Ellos, los arrojados del imperio, han decidido negar al Rey y negar sus estatutos.

Esta historia, tal vez sirva para recordar.

Indigencio, el concubino, es quien puya a Noengracia con mayor vehemencia. Él nunca estuvo conforme con la ley que les negaba el derecho a parir hijos y los obligaba a que cada nacimiento fuese considerado y reglamentado como un aborto.

Noengracia, motivada por su mancebo y sus vecinos, decidió ser la primera en quebrantar esta prohibición, dictada contra los habitantes de las orillas del reino.

Ninguno de los orilleros del reino se consideraban, a pesar de llevar viviendo mucho tiempo en aquella región, autóctonos representantes de su territorio. Por eso, apoyaban sin restricción la decisión; y anhelaban que de aquella violación jurídica, surgieran los primeros ñeros originales.

Y así fue, de la legislación profanada nacieron Harapio y Gaznápira. Fue un gran acontecimiento celebrado en Ñeria, como llamaban los orilleros a su región. Inolvidable berbena donde sobró el ron, el pegante y el antiséptico alcohol.

Algunos, haciendo de tripas corazón, se desprendieron de algún objeto de valor y lo regalaron a los ñeritos originales.

Piojo, regaló un viejo puñal de quince muertes en su historial. Heredado de su abuelo el chambelán.

Care Mula, donó la bacinilla. Trofeo usado como casco de guerra. Obsequio recibido de manos de la reina, cuando perteneció a su guardia personal.

El tuerto, cedió su mascota, un gallinazo mensajero; trofeo institucional al mejor esfuerzo. Obtenido cuando se desempeñaba como correo de la muerte en todas las comarcas del reino.

Periódico viejo, experiodista extraditado, donó su colección de magazines dominicales. Máxima expresión de la alta cultura del imperio.

El Milimico, ñero que perdió las piernas en una de las mil guerras, y se estropeó la cabeza cuando fue botado del reino, al ser declarado inútil, ofrendó sus botas militares, a pesar de considerarlas amuleto de la democrática suerte.

Mata Siete, el filósofo, empeñó su palabra en la más agiotista de las casas de empeño, y se comprometió en transmitirles el saber de los temas fundamentales para la salvación. Indigencio, el cariñoso padre, para culminar la lluvia de regalos, les dio una muenda a mano limpia, a modo de bautizo.

La grave crisis que devastaba el reino, repercutía directamente en el posible naciente orden, dificultando la tarea de conformación. Pero la vehemente solidaridad de todos los ñeros y la pertinaz convicción de Indigencio, Noengracia, Gaznápira y Harapio, de que a golpes, rezos y gritos se lograría darle identidad a la primera familia de Ñeria, no permitieron abandonar el proyecto.

El hambre, pan de cada día de los orilleros, llegó a tan inverosímiles extremos, que sorprendentes cambios evolutivos se dieron en pocos meses. Transformaciones que en condiciones normales hubiesen tardado miles de años.

Fue así que gran parte de la sociedad civil , y aún la incivil, fueron perdiendo el antifonario, lo que ocasionó la total imposibilidad de alimentarse de fimo . Pero, sus grandes cerebros se modificaron hasta obtener el tamaño de guisantes; lo que permitió un nuevo espacio en el cráneo para el desarrollo de una glándula supersticiosa, órgano de funcional diseño, óptimo para extraer, con facilidad, de la nada su gran valor nutritivo.

De no haber sido porque los asuntos del imperio iban de mal en peor y porque miles de sus habitantes, excluidos de su circuito por considerárseles improductivos, eran arrojados a los extramuros; Y porque algunos idealistas se empeñaban en mantener la idea a toda costa, la original familia y Ñeria hubieran desaparecido.

Situación que cambió, cuando los mecenas descubrieron a Indigencio adquiriendo pegante con los bienes que pertenecían a los niños.

Indigencio y Noengracia, fieles representantes del empirismo ramplón, caídos en desgracia, decidieron deshacerse de la obligación. La genial idea para lograrlo, era llevarlos al interior del imperio y abandonarlos en el tenebroso bosque de la Constitución; donde algún terrible acto legislativo los desdibujara o un monstruoso e incomprensible artículo los devorara o tal vez algún simiesco Transitorio les hiciera perder el juicio.

Gaznapirita y Harapiocito, enterados de la maquinación de sus padres, lloraban a moco tendido.

-- Ahora si nos llevó el Putas. En esa mortal selva, seremos muñecos en un abrir y cerrar de ojos -- dijo Gaznapirita, mientras sorbía mocos.

Harapio, con serenidad, intentando calmar a su hermana, dijo con amable voz.

-- Ten fe en la fe. Pronto fueron llevados y tirados en el intrincado bosque. Su madre, como último acto amoroso, les preparó una humilde lonchera.

Harapio, alumno avanzado de Mata siete, con innegable aplicación, adaptó el filosófico axioma del Retorno Apanado: " Si vais por un camino desconocido, seguidlo desconociendo. Os será más terapéutico para vuestra salud. Y si queréis desandar lo andado, marcadlo con pedazos de pan duro”. La lonchera, como es de suponer, contenía pan duro. Y pronto estuvieron a salvo en el cambuche. Sus padres, algo lentos de entendimiento, sólo en el vigésimo intento descubrieron la causa del frecuente regreso. En la siguiente ocasión, sin que los ya jóvenes se percataran, cambiaron el menú de la lonchera; en vez de pan, pusieron uvas.

Harapio, al enterarse del engaño, se ofuscó y perdió la claridad de pensamiento. Cuando recuperó la lucidez, Gaznapira, entre sollozos, dijo a su hermano.

-- Mua, mua, mua.

-- No llores más. Ten fe en la esperanza y esperanza en la fe-- repitió con sabiduría el alumno de matasiete.

Abandonados en el denso bosque del imperio, con una mísera lonchera surtida de uvas podridas, Harapio se esforzaba en hallar una salida. De repente, el avanzado alumno de Mata Siete, sospechó que esta vez no les sería posible regresar a su hogar .

Pronto, acosados por el hambre comieron las uvas, que no servirían para marcar el camino. Harapio, quien más comió, obtuvo por agalludo, una brutal borrachera, ocasionada por el refrigerio que se encontraba en mal estado.

Durmió durante tres días. Y tres días el mismo sueño soñó. Al despertar, sentía gran claridad en su conocimiento. Las señales del sueño lo llevaron a comprender todo.

El sueño, donde el se veía con su hermana, imposibilitados para abrir una enorme y liviana puerta sin cerrojo. Y la pequeña puerta abierta en su base, que sólo vieron cuando cayeron al piso agonizantes, le dieron la clave.

Supo, entonces, que los grandes principios de conformidad y esperanza, trasmitidos con tanto celo por la sabiduría popular, no tenían otro significado diferente, que el derecho a vivir dignamente en la derrota, desde el nacimiento; y que no era un privilegio negado por los poderosos, era un don sagrado legado a los humildes, que por mayorías pueblan el mundo.

Como sabiondo profeta, con voz queda, como si alguien lo pudiera escuchar, dijo a Gaznapirita.

-- He hallado la verdad que nos salvara.

Sometidos por aquel séptico bosque y armados de un nuevo recurso, aprehendieron y se adecuaron con facilidad a la filosofía de aquella sentina. Se dieron entonces a la tarea de traducirla en actos.

Pero la ñera suerte, uña y mugre de la desgracia y de cualquier orillero, dejó sentir sus garras.

El propietario del negocio, con cara de voraz caníbal, luego de atrapar a los ñeritos en flagrante delito ( mirar sin recato las nutridas vitrinas de la panadería ), tomó la ley en sus manos y los enjauló en el sótano.

Durante varios meses, el panadero, les arrojó comida como a ganado de ceba. Esperaba con paciencia que engordaran para comerlos.

Cierta noche, el panadero, luego de tomar algunos tragos de licor, se le alborotó el canibalismo. Bajó al sótano, abrió la portezuela de la jaula , y ordenó a los jovencitos que le mostraran un dedito. Al palparlos delgados, perdió la paciencia y se encolerizó. A todo pulmón vociferó.

-- ¡ No es posible ¡ Han comido como cerdos durante seis meses y no han engordado ni fimo. La madre, pero tengo la sospecha que esos no son dedos, sino colas de ratón, como en el famoso cuento.

Para salir de dudas, decidió comerlos.

El malvado caníbal, calentó agua, los aseó bien y luego se los comió. Exhausto, por la comilona, se durmió. Harapio, aprovechando la ocasión, sacó el puñal que le había sido obsequiado por Piojo y el dieciseisavo muerto a su historia le agregó.

Gaznapirita, embarazada del panadero, Harapiocito, de sicólogo todos los días, son hoy, legales propietarios de la panadería.

Podría decirse que casi felices comiendo perdices. Pero...Harapiocito, quien había logrado improvisar la realidad, es arrestado por tres imperantes guardias del imperio, vigilantes sin sueldo, quienes atropelladamente han entrado a este cuento de posible final feliz.

De sus padres, y de Ñeria, no se volvió a saber nada. Habría que preguntárselo al gallinazo mensajero, que aún sobrevuela los monárquicos aires que empañan la memoria.