Ediciones Tramar

Un cuento de

 Cuentos Infantiles sólo para niños homicidas (parte 1)

Cuaderno cuentos No. 1 , autores quindianos

Cuentos infantiles sólo para niños homicidas

 

CAOSIS EL SUMO

Este, como todos los príncipes, heredó el trono al morir el Rey. Podría haber sido una normal transición del poder a la que estamos acostumbrados; celebrada con fiesta y aclamación. Pero el nuevo monarca era muy joven y no había sido adiestrado con eficacia en la idea de la monarquía. Su poca seguridad para animar esta forma de gobierno. Su visible inclinación a no aplicar los modelos sangrientos que garantizaban la continuidad del poder supremo, propiciaron que el duque Masari lo derrocara y asesinara. En poco tiempo Masari, ayudado por sus brujos de cabecera, se convirtió en el más malvado de los tiranos de quien se haya tenido noticia. Fundador del más vasto y sangriento imperio. Su desenfrenada sed de poder lo llevó más allá de la simple conquista geográfica. Impuso su verdad sobre todo y todos. Estableció una rígida ortodoxia política y moral. No suficiente para su ambición, subyugó los mares, ríos y desiertos. Doblegó la lluvia, el viento, el sol, la luna y las estrellas. Sometió la magia, el tiempo, los sueños y el amor. Confundió al lenguaje y la ciencia. No era de extrañar entonces, ver salir el sol y la luna a la vez, la noche ser mar de pesadillas o iceberg, los mares ser desiertos pensamientos, las montañas tiempo de muertos, el amor íconos del terror o el ojo de una perdiz, el sufrimiento deseo eterno o variable sin solución, el hombre ser piedra o profecía de un brujo reptil o palabras insectos o el número perdido de Dios, la ciencia inconmensurable verdad o inútil herramienta aún sin invención, y que se hiciera llamar Caosis el Sumo. Transcurrió incontable número de años o de carcajadas al viento, antes que el monarca, aburrido, ansioso de nuevos sucesos, se conquistara y doblegara, y se hiciese súbdito de sí mismo. Y fue esclavo y otro y buey o infinita noria y otra vez aburrimiento. Harto de su lóbrega existencia ordenó al tedio ser alegría ( ahora caos ). Y fue lágrima al vacío cayendo o corazón vencido por el odio o noche partida por el ocio o un sueño corrompido por preceptos o vidas llenas de nadas o de miedos. La inapelable orden del monarca nada cambió. Y la tristeza, como siempre, se pronunció en todas las cosas: soles tristes, risas tristes, sueños tristes, nadas tristes, tristes tristes... Eran miles o todos o uno esperando que algo sucediera, y sucedió. Nadie sabe cómo o cuándo o qué; mas un día, mañanayerhoy, Caosis, pesadez desesperada, cansado de agonizantes búsquedas individuales, de novedosas variantes de la soledad, se vio como absurdo fruto de un monstruoso sueño, donde su impetuoso ser se había debilitado y sólo había logrado depurar las más viles inclinaciones de los hombres. Quiso disgregarse en un crepúsculo de tibia sangre o en el olvido de una gran derrota. Pero el crepúsculo o el olvido eran vigente horror o una perpetua enfermedad de la verdad en la verdad o un grano de arena pletórico de amargura o el caos o Caosis o Masari o el príncipe que heredó la muerte al ser coronado Rey o tú. Caosis, el monarca, comprendió que si hubiese aceptado la vida como solidaridad, como bienestar compartido, como revelación del otro, tal vez, hubiese deshecho los barrotes de su prisión; y sus deseos, que ahora lo lanzaban como fantasma contra la eternidad, no fueran tan humillantes, tan desolados.